LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA - "CORREDENTORA"

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LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA - "CORREDENTORA"

Mensaje  Damián el Mar Jul 10, 2012 5:01 pm

El misterio que rodea a la Santísima Virgen María como “Corredentora del linaje humano” es doctrina común y patrimonio de la fe católica por la que los Papas contemporáneos se han pronunciado bajo ese mismo título, además de que ha sido ampliamente explicada y definida por ilustres teólogos de la más alta respetabilidad dentro de la Iglesia.

El Concilio Vaticano Segundo no se equivocó al enseñar la doctrina de la corredención mariana en Lumen
Gentium 58, afirmando que: “Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida, Sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado”.

El Santo Padre Juan Pablo II aplicó este mismo párrafo sobre la corredención mariana del Concilio, como tema principal de su Encíclica mariana Redemptoris Mater en 1987, y que con justa razón llama “Madre del Redentor.”

María como CORREDENTORA, no es una enseñanza moderna, pues durante toda la historia de la Iglesia, se le ha dado este título:

“María…fue causa de salvación para Ella y para todo el linaje humano" - Sn. Irineo, Siglo II

“Santa Redentora, ruega por nosotros” - Letanías de los Santos, Salterio Francés, Siglo X

Oh María, portadora de la Luz… Redentora del género humano” - Sta. Catalina de Siena, Siglo XIV

“Mi Hijo y Yo, como con un solo corazón, redimimos al mundo” - Sta. Brígida de Suecia, Siglo XIV

“ [María] en corredentora te convertirás” - Himno Litúrgico de Salzburgo, Siglo XV

“Cristo quiso que [Ella] compartiera como Corredentora” - Salmerón, Teólogo del Concilio de Trento, Siglo XVI

“¿Porqué protestas en contra de que nuestra Señora sea llamada Corredentora…?” - Ven. Cardenal Newman, Siglo XIX

“El rol de María como Corredentora no terminó con la glorificación de su Hijo” - Juan Pablo II, Siglo XX

“Y es que realmente ¿cómo podría algún fiel católico dudar de este título tan apropiado de Corredentora para Nuestra Santísima Madre, cuando a lo largo de la historia de la Iglesia una letanía de papas, santos, beatos, místicos, doctores de la Iglesia y teólogos del Concilio se han pronunciado a favor, incluyendo al Papa Juan Pablo II cuyos pronunciamientos se incluyen en la presente obra?” - Edouard Cardenal Gagnon, Prefacio del Libro “Con JESUS” - La Historia de María Corredentora.

Asi que coloco este tema, el cual tiene una controversia muy parecida al título de "MARÍA MADRE DE DIOS".

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Significado Correcto e Incorrecto de Corredentora

Mensaje  Damián el Miér Jul 11, 2012 11:48 am

“Tu protesta en contra de llamarla Corredentora la habrían considerado pobre en comparación con el lenguaje que usaste cuando te encontraron con los Padres llamándola Madre de Dios, Segunda Eva y Madre de todos los vivientes, la Madre de la Vida, Estrella de la Mañana, el Nuevo Cielo Místico, el Cetro de la Ortodoxia, la toda inmaculada Madre de la Santidad y por el estilo...” —Ven. Cardenal John Henry Newman a Pusey

Irónicamente este trabajo se inicia explicando lo que María Corredentora no significa, con el objeto de evitar concepto erróneos que puedan predisponer el término desde un principio, independientemente del uso que se le ha dado en la Iglesia, es decir, la aplicación que le han dado los papas, santos, doctores, místicos y mártires, porque una cosa es defender la postura de “Yo no acepto que la Iglesia llame a la Madre de jesús ‘Corredentora,’” y otra muy diferente rechazar el título por una mala interpretación de lo que la misma Iglesia señala. Es una cuestión diferente e intelectualmente injusta afirmar que la Iglesia, al nombrar “Corredentora” a la Madre de Jesús, se está refiriendo a algo distinto de lo que ella misma dice que significa.

Ahora bien: según las enseñanzas de la Iglesia Católica ¿cuál sería el significado incorrecto de “Corredentora”? No significa que María sea una diosa, que sea la cuarta persona de la Trinidad, que posea de alguna manera naturaleza divina, que de algún modo María no sea una criatura completamente dependiente de su Creador como todas las demás criaturas. Me uno a la verdad cristiana de Sn. Luis María Grignion de Montfort, uno de los santos marianos más grandes de la historia, y a la Iglesia, al afirmar que la Madre de Jesús es sin lugar a dudas una criatura totalmente dependiente del Divino Creador del universo, y que Dios no tiene ninguna necesidad de su participación para llevar a cabo su divina voluntad:

Reconozco, con toda la Iglesia, que María, siendo una simple criatura que ha venido de las manos del Altísimo es, en comparación a Su Infinita Majestad, menos que un átomo; o más bien, ella no es nada, porque sólo Él es “quien es” (Exodo 3,14); en consecuencia, ese gran Señor que es eternamente independiente y autosuficiente, nunca tuvo ni tiene ahora ninguna necesidad en lo absoluto de la Santísima Virgen para llevar a cabo su voluntad y manifestar su gloria, pues basta su voluntad para que todo se haga.

La verdad que encierra la doctrina de la Iglesia en torno a la Virgen María se aplica enteramente al tema de la redención.

La Iglesia afirma que la participación de María en la redención que llevó a cabo Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, no era absolutamente necesaria. Ahora bien, María, por su origen natural de criatura e hija de Adán y Eva dentro de la familia humana, también tenía necesidad de redención y de ser preservada de los efectos del pecado original, pero por su dependencia total a su Hijo Redentor, fue redimida de hecho, aunque de manera más perfecta que todos los demás hombres.

Por lo tanto, concebir a María Corredentora, Madre de Jesús, como la cuarta persona de la Trinidad o algún tipo de diosa, es grave herejía contra la revelación cristiana y este concepto deberá ser inmediata y enérgicamente rechazado. Errores tan terribles como éste sólo obscurecen los verdaderos temas teológicos que encierra la doctrina de la Corredentora, como son: la naturaleza y los límites de la participación humana en la obra divina; el misterioso balance que existe entre la Divina Providencia y la libertad humana en la salvación; el rol que desempeña la cooperación humana en la distribución individual de gracias de la redención; el designio divino de que una mujer participara directamente en la restauración de la gracia con su efectos para la dignidad humana personal, y otros temas importantes.

Entonces ¿a qué se refiere la Iglesia cuando llama “Corredentora” a la Santísima Virgen María? Primero hagamos un análisis del significado etimológico del título.

El prefijo “co” se deriva del término en latín “cum,” que significa “con” (y no “igual a”). Aunque en algunas ocasiones los idiomas modernos, como el inglés, usan el prefijo “co” dándole connotaciones de igualdad, el verdadero significado latino sigue siendo “con.” En inglés, por ejemplo, el prefijo “co” se usa en otras ocasiones exclusivamente para significar “con” en un contexto de subordinación o dependencia, como en el caso de “piloto y co-piloto”; “estrella y co-estrella” y “Creador y co-creador” en la teología del cuerpo y el amor esponsal, etc.

Sn. Pablo, en la palabra revelada por Dios, identifica a los primeros cristianos como “colaboradores de Dios” (1Cor 3,9), que en el contexto y el significado que le da a “co,” es imposible que denote igualdad. Asimismo,
somos “coherederos” de Cristo (Rom 8,17), sin que esto signifique que somos herederos del cielo a la manera del único Hijo de Dios que es heredero del Cielo.

El verbo en latín “redimere” significa “restaurar” o literalmente “volver a adquirir.” El sufijo latino “-trix” es femenino y denota “el que hace algo,” por lo que el significado etimológico de Corredentora (Co-redemptrix) se refiere a la “mujer con el Redentor,” o literalmente: “la mujer que restaura con.”

En suma, el título “María Corredentora” como lo ha aplicado la Iglesia, denota la participación única y activa de María, la Madre de Jesús, en la obra de la redención lograda por Jesucristo, divino y humano Redentor. El título de Corredentora, en el contexto de la consumación salvífica de los hombres, jamás podría poner a María en un nivel de igualdad con Jesucristo, el divino Señor de todo lo creado. El Corazón de María, creado inmaculado y transparente para reflejar perfectamente las glorias de su Hijo, quedaría, más que ningún otro corazón, profundamente herido si erróneamente la percibieran como una redentora a un nivel de igualdad o paralelo al de su divino Hijo.

El título Corredentora, más bien, identifica la participación eminentísima y singular de María con su Hijo en la restauración de la gracia para la familia humana. La Madre del Redentor participa de manera totalmente secundaria y subordinada en la redención de la humanidad, con y bajo su Divino Hijo. Sólo Jesucristo en su divinidad, el Supremo Alfa y Omega, podía satisfacer la justa compensación que se debía para reconciliar a la humanidad con Dios, Padre del género humano, por los pecados de la humanidad Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es el Redentor de la humanidad. La Iglesia nos enseña que María es la mujer completamente asociada “con el Redentor” quien, por encima de cualquier otra criatura, ángel o santo, participó en su obra de salvación. Ella le dio a Jesús su propia carne y sangre; padeció junto con Él todos sus sufrimientos terrenos; recorrió con Jesús el camino al calvario ofreciéndose con Él en el Gólgota en obediencia al Padre; y, finalmente, murió con Jesús en su corazón.

¿A qué se refiere la Iglesia cuando llama a María la Corredentora? Simplemente esto: que María siempre está “Con Jesús,” desde la anunciación hasta el calvario. Y por ello Sn. Luis María Grignion de Montfort concluye su disertación sobre la Virgen Madre de Dios afirmando claramente que el rol de María en la salvación, aunque no se encuentra en el orden de la absoluta necesidad, lo está en el orden de la perfecta y manifiesta voluntad de Dios:

Sin embargo, yo digo que, siendo las cosas como son ahora — es decir, que Dios habiendo querido comenzar y completar sus más grandes obras mediante la Santísima Virgen desde el primer instante de crearla — bien podríamos pensar que su conducta no cambiará jamás porque Él es Dios y en Él no hay cambios, ya sea en sus sentimientos o en su conducta.

De aquí que la pregunta para todo discípulo de Cristo no sería tanto “¿qué cosa fue absolutamente necesaria para que yo pueda aceptarla?”, sino más bien “¿cuál fue la voluntad manifiesta de Dios para que yo pueda creerla?”. Dios manifestó su voluntad de que fuera una mujer y madre la que debía estar directa y profundamente involucrada “con el Redentor,” en el rescate de la familia humana entregada a Satanás y a los efectos del pecado. En virtud de este rol que excede por mucho al de cualquier otra criatura humana, la Madre de Jesús es la única que puede reclamar el título de Corredentora “con Jesús” en la obra expiatoria de la redención humana. Es un título que le ha otorgado la Iglesia y le pertenece más que a ninguna otra criatura por encima del llamado que tienen todos los cristianos de ser “corredentores,” porque sólo la Madre inmaculada, crucificada espiritualmente en el calvario, experimenta un dolor maternal que bien se podría decir va más allá de la imaginación humana.

Es María y no la Iglesia quien primero dio a luz al Redentor, y el sufrimiento de María, con y bajo el Redentor, fructifica en el nacimiento místico de la Iglesia en el calvario (Jn.19, 25-27). Y es justamente por este nacimiento místico de la nueva Eva, la nueva “Madre de los Vivientes,” que nosotros podemos ser corredentores en la misteriosa y salvífica distribución de gracias que fluyen del calvario.

María, la Virgen de Nazaret y gran personaje histórico, quien durante toda su vida cooperó “con Jesús” en la obra de la redención, se convierte, en palabras de Juan Pablo II, la “Corredentora de la humanidad.”

Quizás las palabras de un anglicano y contemporáneo intelectual de Oxford, que a su vez sigue las huellas de otro intelectual de Oxford, el Venerable Cardenal Newman, nos obliguen a reabrir nuestras mentes en torno al título de Corredentora y sus implicaciones en el contexto de la revelación cristiana:

La cuestión no se puede determinar señalando los peligros que puede haber por la exageración y el abuso, o valiéndose de textos aislados de la Escritura, como el caso de 1Timoteo 2,5, o por los cambios de modalidad
en la teología y la espiritualidad, o por no querer decir algo que pueda ofender al compañero en el diálogo ecuménico. Es posible que algunos entusiastas, sin pensarlo, hayan elevado a María a una posición virtualmente equiparable con la de Cristo, pero esta aberración no es necesariamente una consecuencia del hecho de reconocer que en las palabras Mediadora y Corredentora, bien podría haber una verdad que está luchando por expresarse. El rol corredentor de María —y en esto el conjunto de teólogos responsables estaría de acuerdo— es subordinado y auxiliar al de Cristo que es central; pero si en verdad ella tiene esa función, mientras mejor y más claramente se comprenda, será mejor. El asunto requiere de investigación teológica y, como sucede con otras doctrinas marianas, no sólo se trata de decir algo acerca de ella, sino algo más general con respecto a la Iglesia en su conjunto o, incluso, a la humanidad en su totalidad.

Como se puede observar: a la Santísima Virgen María se le llama "Madre de Dios", no porque exista desde el inicio como falsamente interpretan los hermanos separados, sino porque es la CREATURA por la cual DIOS se ENCARNÓ y PUSO SU MORADA ENTRE NOSOTROS, se le llama CORREDENTORA, no porque se esté elevando a un nivel de Divinidad Redentora, la cual pertenece EXCLUSIVAMENTE A JESUCRISTO, sino por su COLABORACIÓN en la REDENCIÓN DE LA HUMANIDAD, y esto fue ACEPTANDO ser la MADRE que proporcionó el ADN de la SANGRE Salvadora de JESUCRISTO. Por algo se le reconoce como LA PRIMER CRISTIANA de la HUMANIDAD.
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Re: LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA - "CORREDENTORA"

Mensaje  Oscar Antezana el Miér Jul 11, 2012 11:03 pm

Hermano damián, ciertamente resulta a veces hasta peligroso emplear el término de "corredentora" cuando nos dirigimos a Maria.
La aclaración a cerca de su participación en la redención realizada por el único redentor de la humanidad es mñas que interesante.
Por ejemplo, muchas veces cuando se habla de que "es Cristo quien salva" y "Ninguna iglesia puede salvarte" yo pregunto ¿cómo te llega la buena nueva? ¿por su cuenta? ¿por medio los ángeles? ¿por medio de otro hermano? ¿por medio de la Iglesia?.
Las dos últimas respuestas son las correctas, los hermanos son Iglesia.
Dios precisa de la Iglesia para que llegue la Buena Nueva. Entonces sí, es cierto, Jesús es el único que salva, pero no lo sabríamos si no fuera porque la Iglesia participa en su plan de salvación.
De la misma manera, Jesús vino a redimirnos, pero no lo hizo apareciéndose y punto. Necesitó nacer y formarse en y de una persona que lo acogiera, que lo proteja, que le enseñe a ser persona. Su participación en la redención es superlativa. Se merece el título.

Santa María, madre de Dios, Ruega por nosotros
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Re: LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA - "CORREDENTORA"

Mensaje  Damián el Jue Jul 12, 2012 4:16 pm

Oscar Antezana escribió:Hermano damián, ciertamente resulta a veces hasta peligroso emplear el término de "corredentora" cuando nos dirigimos a Maria.

Mi estimado amigo: es "tan peligroso" como usar el título de "MADRE DE DIOS", que es tan mal comprendido, o el título de "ESPOSA DEL ESPIRITU SANTO".

Oscar Antezana escribió:La aclaración a cerca de su participación en la redención realizada por el único redentor de la humanidad es mñas que interesante.

Claro que es más que interesante, ES VERDADERA y aunque se trate de cubrir el SOL con un dedo, y en esto entraría a preguntar: es el co piloto quien conduce?, no... Es más el PLAN DE DIOS para con el hombre, aunque no es necesario IMPLICA AL SER HUMANO, y esto es desde el inicio "Y pondré ENEMISTAD entre ti y la MUJER, entre su LINAJE y el TUYO"; ¿Quien es ese linaje que está en ENEMISTAD CON EL PECADO, quien es la MUJER que DIOS nombró primero con la ENEMISTAD?... hace poco, lei un comentario: de acuerdo a la genética, la mujer desde que es concebida ya tiene asignado el NUMERO DE OVULOS para toda su VIDA. Un OVULO REPRESENTA UN SER HUMANO. un OVULO es el que PROPORCIONO Nuestra SANTÍSIMA MADRE para que DIOS SE ENCARNARA, ¿Estaría ese OVULO en un Cuerpo Sometido al pecado?

Oscar Antezana escribió:Por ejemplo, muchas veces cuando se habla de que "es Cristo quien salva" y "Ninguna iglesia puede salvarte" yo pregunto ¿cómo te llega la buena nueva? ¿por su cuenta? ¿por medio los ángeles? ¿por medio de otro hermano? ¿por medio de la Iglesia?.

Es interesante que pasen por alto lo que Pablo de dice a Timoteo en su primera carta: <Aunque espero ir a verte pronto, te escribo estas cosas 15 por si me atraso. Así sabrás cómo comportarte en la casa de Dios, es decir, en la Iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad.>

Y en su segunda carta: <Pero tú permanece fiel a la doctrina que aprendiste y de la que estás plenamente convencido: tú sabes de quiénes la has recibido.>

Por un lado le indica que sea FIEL a la Doctrina, le hace énfasis en que ÉL SABE DE QUIEN LA HA RECIBIDO, si en su anterior carta le indica que LA IGLESIA DEL DIOS VIVIENTE, ES LA COLUMNA Y FUNDAMENTO DE LA VERDAD. ¿Quien le entrego la Doctrina a Timoteo?.

Oscar Antezana escribió:Las dos últimas respuestas son las correctas, los hermanos son Iglesia.
Dios precisa de la Iglesia para que llegue la Buena Nueva. Entonces sí, es cierto, Jesús es el único que salva, pero no lo sabríamos si no fuera porque la Iglesia participa en su plan de salvación.

mi estimado Oscar: tanto LOS HERMANOS, como LA IGLESIA, son uno solo: Porque cada hermano es una piedra en la Gran construcción, donde los Apostoles (y sus descendientes) son las Piedras Principales y JESUCRISTO es la PIEDRA FUNDAMENTAL.

Oscar Antezana escribió:De la misma manera, Jesús vino a redimirnos, pero no lo hizo apareciéndose y punto. Necesitó nacer y formarse en y de una persona que lo acogiera, que lo proteja, que le enseñe a ser persona. Su participación en la redención es superlativa. Se merece el título.

Todo es parte del PLAN DE SALVACIÓN, la participación del SER HUMANO, que sin ser necesario ASI FUE DESIDIDO. ahora bien, ¿Será que le damos el título o será que DESCUBRIMOS EL TÍTULO DADO POR DIOS Y LO RECONOCEMOS?. Porque no somos nosotros, pobres humanos los que le damos este TITULO, es DIOS quien por medio de su GRACIA (LLENA DE GRACIA) se lo Otorgó PREDETERMINANDOLA y aún así tiene su propio Libre Albedrio.

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La Profecía de la Corredentora

Mensaje  Damián el Vie Jul 13, 2012 3:24 pm

Una cosa es definir un término y otra muy diferente, creer en él. Es clara la definición que da la Iglesia al significado de Corredentora, siendo ésta la participación única de María en la obra de la redención con Jesús; pero, ¿en qué se basa la Iglesia para creer en esta verdad?

La perfecta providencia de Dios, dictada no por absoluta necesidad sino por disposición divina, el Corazón de Dios que se manifiesta al corazón del hombre, se nos ha revelado primordialmente a través de la Sagrada
Escritura.

A la Madre de Jesús se le ha identificado justamente no como una mujer en las Escrituras, sino como La Mujer de las Escrituras. Ella es, como veremos más adelante, la “mujer” del Génesis (Genesis 3,15), la “mujer” de Caná (Evangelio San Juan 2,4), la “mujer” del calvario (Evangelio San Juan.19,25), la “mujer” de la Revelación (Apocalipsis 12,1), y la “mujer” de los Gálatas (Gálatas 4,4).

Pero en este sentido, hemos de considerar a la Mujer de las Escrituras en su específico rol “con Jesús” en la obra de la redención. Comencemos con la Antigua Alianza entre Dios y los hombres y su testamento escrito.

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La Gran Profecía – Génesis 3,15

Mensaje  Damián el Vie Jul 13, 2012 4:18 pm

“Enemistad pondré entre ti y la mujer”

Partamos desde el principio con el protoevangelio (“primer evangelio”) del libro del Génesis, ya que el amor
misericordioso del Padre no permitió que la humanidad caída permaneciera, salvo por unos cuantos versos, en franca desesperación sin Redentor.

Después de llevarse a cabo el “pecado de pecados,” Dios está pronto a revelar su plan redentor, dando marcha atrás o “recapitular,” como dirían los primeros padres, el pecado de Adán y Eva. El Creador, en su omnisciencia, da a conocer un plan que aniquilará totalmente a la serpiente usando los mismos medios que utilizó Satanás, aunque a la inversa, para restaurar la gracia en la familia humana. De esta forma Dios, el Padre de la humanidad, revela su omnipotencia soberana por encima de Satanás.

Dios revela su plan salvífico por medio de una futura mujer y su “simiente” de victoria: “Voy a poner perpetua enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta [la simiente o linaje de la mujer] te
herirá la cabeza, y tú le herirás el calcañar (Gen.3,15).”

En ésta, la más grande de todas las profecías del Antiguo Testamento, vemos que habrá siempre una incesante lucha mortal entre una mujer y su descendencia (o “simiente”), y Satanás y su simiente de maldad y pecado. Con la batalla se conseguirá también una completa y definitiva victoria de la mujer y su descendencia contra Satanás y sus secuaces, al pisarle la cabeza a Satanás.

La “simiente” que obtendrá la victoria final sobre Satanás y su simiente, sólo puede referirse a Jesucristo. Nadie, salvo el Redentor crucificado y resucitado, puede reclamar la victoria. Por lo tanto, la “mujer” de quien proviene esa simiente de victoria, en el sentido más estricto y esencial, sólo puede referirse a María, la única y verdadera madre natural de Jesucristo. El Redentor no nace físicamente de Eva, ni de Israel y tampoco de la Iglesia. Nace solamente de María, la “nueva Eva”.

Este pasaje del Génesis, quinta esencialmente profético, prevé la victoria definitiva sobre Satanás en el futuro (“pondré”). De la misma manera serían dos personas que a futuro obtendrían la victoria; de este modo y mediante una mujer que aún no nacía y su simiente victoriosa, se reivindicaría lo que perdió la primer mujer.

Dios pone “enemistad” entre la mujer y la serpiente y sus respectivas “simientes.” En la Escritura, “enemistad”
denota una completa y radical oposición, y es precisamente esta enemistad lo que separará a la mujer y su simiente (Madre e Hijo) de Satanás y su simiente. La naturaleza y el rol de María Corredentora se profetiza ya desde un principio, precisamente por medio de esta enemistad establecida por designio divino.

La mujer y su simiente participan en la lucha contra la serpiente y su simiente. A la luz de la historia de la salvación, se entiende que este pasaje prefigura a María, Madre del Redentor, quien íntimamente comparte, al igual que Jesús el Redentor, idéntica batalla contra Satanás y sus actos malvados. La Mujer “con Jesús” participa en la gran batalla que dejó traslucir el Padre Celestial, inmediatamente después de que la primer mujer participara en la pérdida de la humanidad “con Adán,” para volver a adquirir a la humanidad. Eva se convierte en la “copecadora” (que significa “con el pecador”); María es profetizada como la “Corredentora” (“con el Redentor”).

Asimismo, en esta “enemistad” entre la mujer y la serpiente se ve ya profetizada a “la Inmaculada,” pues convenía que ella estuviera libre de pecado y llena de gracia. Solamente una persona completamente inmaculada o “sin mancha” (mácula, “mancha”), puede mantenerse en franca oposición al Maligno. Correctamente entendido, esta Mujer estará “llena de gracia” (Lc.1,28), porque posee objetivamente la plenitud de los frutos de la redención de manera singular como salvaguarda; por esta razón jamás será tocada por Satanás y su simiente pecadora.

“La Inmaculada” del Padre Celestial, su Hija Virgen llena de gracia, representará a la humanidad en la batalla
“con Jesús” por las almas. Ella será la obra maestra de Dios, su criatura más extraordinaria que habrá de combatir contra su más horrible criatura en esta batalla cósmica. Por el beneplácito de Dios, convenía que la compañera del Redentor en la economía de salvación estuviera totalmente libre de la mancha del pecado, de lo contrario, un compañero con la mancha del pecado actuaría más bien como doble agente, trabajando para el Redentor y al mismo tiempo para Satanás. María por lo tanto, que será la Corredentora, colabora entera y exclusivamente “con Jesús,” en virtud de que es primero la Inmaculada Concepción. Su impecancia desde el primer momento de su concepción será el regalo que Dios otorgue a la humanidad, y la respuesta de la humanidad será el “fiat” voluntario de María. Porque Dios respeta absolutamente la libre cooperación de sus criaturas en la economía de la salvación, la libertad y la total donación de sí es esencial y necesaria.

“Ella te pisará la cabeza.” La revelación de la Corredentora en Génesis 3,15 no depende de la traducción del pronombre (“él” o “ella”) contenido en la segunda línea de esta profecía y ampliamente debatido, sino que se
revela en primer instancia al vaticinar el Padre que habrá una batalla futura en la que María, mujer de la “simiente,” Madre del Salvador, participará intrínsecamente con su Hijo en contra de los enemigos Satanás y su simiente.

Sin embargo, en el texto revelado es digno de mención que quien combatirá directamente contra la serpiente será la mujer, mientras que la simiente de la mujer estará en lucha paralela contra la simiente de la serpiente. Si hemos de respetar el paralelismo propio del texto, la conclusión congruente de esta primer “enemistad” anunciada entre la mujer y la serpiente, es que los pronombres subsecuentes lógicamente se tienen que referir a la primer protagonista, la mujer, y al primer antagonista, la serpiente. Por lo tanto el pronombre “ella”
se refiere a la mujer protagonista que le pisa la “cabeza” a la serpiente-antagonista.

La Vulgata tradicional conteniendo el pasaje del Génesis con el pronombre femenino “ipsa” o “ella”, ha sido usado por varios pontífices en sus documentos papales para referirse a María. Por ejemplo, el Beato Papa Pío IX en su bula Ineffabilis Deus del 8 de diciembre de 1854 que define la Inmaculada Concepción, refiere que la mujer del Génesis 3,15 es María quien pisará la cabeza de Satanás “con su pie virginal,” identificando claramente la participación de la Madre en la victoria redentora del Hijo. Este es sólo uno de los muchos ejemplos que se pueden encontrar en el Magisterio Pontificio y que inequívocamente identifican a la mujer del Génesis 3,15 con María:

Los padres y escritores escolásticos, iluminados e instruidos desde lo alto, enseñaron que la profecía divina: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje,” es un presagio claro y contundente
de que habría un Redentor misericordioso para la humanidad, esto es, el Unigénito Hijo de Dios, Cristo Jesús. De igual modo enseñan cómo la profecía también alude a su Santísima Madre, la Virgen María, y la clara expresión de su común enemistad contra el demonio. De la misma forma en que Cristo, Mediador entre Dios y los hombres, canceló el decreto de condenación contra nosotros al tomar nuestra naturaleza y clavándola triunfalmente en la cruz, la santísima Virgen al estar íntima e indisolublemente unida a Cristo, se convirtió en eterno enemigo, junto con Cristo, de la serpiente venenosa, compartiendo con su Hijo la victoria sobre la serpiente al pisarle la cabeza con su pie virginal.

Es un hecho contundente que Nuestra Señora, al parecer, no tuviera obstáculo alguno por debates en la traducción del pronombre, cuando en la Iglesia se aprueban las apariciones de la Medalla Milagrosa de Nuestra Señora de la Gracia en Rue de Bac (27 de Nov., 1830), en cuyas visiones y medalla acuñada posteriormente, se mostraría al mundo a la Mediadora de todas las gracias literalmente pisando con su pie virginal la cabeza de la serpiente.

María Corredentora es la Mujer de Génesis 3,15, pero también es la Mujer y la Virgen Madre de Isaías quien, en otra gran profecía del Antiguo Testamento, se le profetiza que manifestará la gran señal de salvación pronosticada a Ahaz: “He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel” (Is. 7,14). También es la Mujer de Miqueas quien, “con dolores de parto,” dará a luz al futuro príncipe que salvará a Israel: “Más tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti ha de salir aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño. Por eso él los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz. Entonces el resto de sus hermanos
volverá a los hijos de Israel.” (Mic.5,2-3). La profecía de los dolores de parto de la mujer se refiere, no a los dolores de parto consecuencia del pecado y que no pueden ser aplicados a la inmaculada que ha sido concebida sin pecado original y sus efectos, sino más bien, a los sufrimientos que compartirá la Madre del Redentor al engendrar espiritualmente a la multitud al más alto precio.

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Tipos y Símbolos de la Corredentora en el Antiguo Testamento

Mensaje  Damián el Vie Jul 13, 2012 4:29 pm

¿Y qué hay de esa gran cantidad de mujeres que en el Antiguo Testamento son tipos de María y que presagian con su propia vida a la Corredentora por venir?

Sara, esposa de Abraham, concibió milagrosamente y dio a luz a Isaac convirtiéndose en “Madre de las naciones” (Gen.17,15-17). María, concibiendo milagrosamente, dará a luz al Redentor y se convertirá en “Madre de todos los pueblos” (cf. Lc.1,38, Jn.19,25-27).

Rebeca vistió a Jacob con la ropa de Esau para obtener la herencia que el Padre otorgaba al primogénito (cf. Gen.25,1-40). María vestirá a Jesús con el ropaje de la humanidad, obteniendo así la herencia que el Padre Celestial dará al resto de la familia humana.

Raquel dio a luz a José, el que salvaría a la tribu de Jacob, y que es vendido por sus propios hermanos en veinte monedas de plata (cf. Gen.37,28). María dará a luz a Jesús, el futuro salvador de todos los pueblos, que será vendido por treinta monedas de plata (cf. Mt. 26,15).

Débora la profetisa, participa activamente como compañera de Baraq en la victoria sobre Sísara (que culmina con la destrucción de la cabeza de Sísara por Yael), razón suficiente para que Débora proclame un himno de exultación (cf. Jc.4,5). María, Reina de los Profetas, será la activa compañera de Cristo en la victoria sobre el pecado y la destrucción de la cabeza de Satanás, lo que le llevará a proclamar la grandeza del Señor (cf. Lc.1,46).

La valerosa Judit combatió contra el enemigo Holofernes triunfando y cortándole la cabeza (cf. Jdt.13,8-16). La arrojada María combatirá contra Satanás y triunfará aplastándole la cabeza (cf. Gen.3,15, Jn.19,27).

La Reina Ester fue favorecida por el Rey Asuero al arriesgar su vida y salvar a su pueblo de un decreto de muerte (Est.7,1-4). María Corredentora será favorecida por Cristo, el Rey, cuando ofrezca su vida “con Jesús” por la misión de la redención que salvará a todos los pueblos del decreto de la muerte eterna (Lc.1,38).

Sin duda el más extraordinario tipo de María Corredentora, lo encontramos en la historia de la noble “Madre de los Macabeos” (cf. 2M,7) del Antiguo Testamento. Perseguidos por el rey secular Antíoco, sus siete hijos, uno tras otro, son torturados y asesinados en la presencia de su madre por la fidelidad que mostraban a las prácticas de ayuno de la Alianza. El mismo Antíoco pide a la madre intervenir por su séptimo hijo para que, aceptando las ofertas de riqueza y poder del rey, así como el alejamiento y rechazo de las disciplinas de ayuno de la Alianza, se pueda salvar a sí mismo. La madre, en cambio, aprovecha la oportunidad para exhortar a su hijo con palabras de aliento y esperanza, instruyéndolo a “aceptar la muerte para que vuelva yo a encontrarte con tus hermanos en la misericordia (de Dios).” (2M 7,29).

¡Qué forma tan elocuente esta de presagiar, con la historia de la Madre de los Macabeos, la propia historia de María Corredentora! Las siete espadas de dolor que atravesarán el corazón de la Madre se prefiguran en el sufrimiento de los siete hijos de los Macabeos. La valiente mirada que el rostro de la madre, irremediablemente bañado en lágrimas, dirige al rostro del Hijo crucificado en el calvario, transmite, en un mensaje que no se puede expresar con palabras, la imperiosa necesidad de perseverar con el plan redentor de la nueva y eterna Alianza. Las tentaciones que susurró el Príncipe de este mundo al Hijo, a saber: riqueza, poder, fama, e inclusive la “ineficacia” de la crucifixión que estaba por acaecer, se contrarrestan con el testimonio fiel, humilde, pobre y obediente de la Virgen Madre, quien por ser totalmente inmaculada constituye el fruto más extraordinario y digno que logró la redención de su Hijo.

El recuento bíblico de la Madre de los Macabeos y sus siete hijos, finaliza con las siguientes palabras: “Por último, después de los hijos murió la madre” (2M 7,41). De igual manera nos dicen los Santos Padres que la Madre Corredentora experimentó en el calvario una verdadera “muerte con Él en su corazón que era atravesado por la espada del dolor,” donde la Madre del Salvador es “crucificada espiritualmente con su Hijo crucificado.”

Por otra parte, a la Madre Corredentora se le profetiza con el más grande de los símbolos marianos del Antiguo Testamento: “Arca de la Alianza”. El Arca es el lugar donde se encuentra “la presencia de Dios,” fragmentos de
las tablas de los Diez Mandamientos, el báculo de Aarón y el misterioso maná celestial, que en su conjunto representan la ley, el sacerdocio y el alimento sustantivo de la Alianza. Como tal, el Arca es el signo concreto de la alianza salvífica entre Yahveh y el pueblo de Israel (cf. Dt 31,25; Ex. 16,4-36; Nm. 17,1-13).

De este modo la Madre del Redentor llevará en su vientre a Cristo, la Nueva Ley, Cristo el Sumo Sacerdote y Cristo Eucaristía, lo que hace de ella Arca suprema de la Nueva Alianza. Creada y modelada por el poder divino, es la portadora de la nueva y eterna alianza entre la divinidad y la humanidad, un Arca enteramente libre y activa hecha de madera incorruptible que igualmente lleva cargando y sufre con el Sumo Sacerdote de la Eterna Alianza.

Cada gemido del Antiguo Testamento es un suspiro anhelante por la futura encarnación y cumplimiento de la misión de Cristo Redentor. Y cada suspiro por el Hijo que traerá la redención es, al mismo tiempo, y según el plan salvífico del Padre Eterno, uno que anhela a la Madre Corredentora, pues según enseña el Beato Papa Pío IX en la proclamación dogmática de la Inmaculada Concepción, por voluntad inmutable del Padre de la creación, en “un mismo y único decreto,” el Redentor y la Corredentora debían participar juntos de la misión para redimir a los hombres.

Saludos,
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El Inicio de la Corredentora

Mensaje  Damián el Lun Jul 16, 2012 12:12 pm

“Incarnatio redemptiva redemptio inchoativa” (“La encarnación redentiva es la redención iniciada”). Este concepto patrístico del milagro de milagros por el que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se dignó encarnarse por nosotros, nos da perfecto entendimiento de que la encarnación de Jesucristo es verdaderamente el “inicio de la redención.” Sin embargo, estaba dentro del plan perfecto del Padre que la encarnación redentiva se llevara a cabo sólo a través del consentimiento de un ser humano, una mujer, una virgen.

“Sí” a la Anunciación: Lc. 1:26-38 “Hágase en mí según tu palabra”

Quizás Sn. Bernardo lo describe de mejor manera cuando afirma que el mundo entero estaba en espera de escuchar la respuesta de la Virgen de quien dependía la salvación: “El ángel espera una respuesta;...Nosotros también esperamos, Oh Señora, tus palabras de compasión, que ya se hace insoportable la sentencia de la condena... Seremos liberados al instante sólo si tu aceptas...La tierra entera aguarda anhelante...” Sn. Lucas relata el comienzo de la redención:

Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo. “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.” María respondió al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”. El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.” Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” Y el ángel, dejándola, se fue.

“Hágase en mí según tu palabra.” Con éstas, las palabras de una virgen libre e inmaculada, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. “El Padre Eterno confió en la Virgen de Nazaret,” y la Virgen dio su “sí” al plan del Padre para redimir al mundo a través del Hijo encarnado.

Para aquellos que se sienten inclinados a descartar el “fiat de la historia” como despojado de una participación real y activa de la Virgen (como si su consentimiento hubiese sido sólo parte de un reconocimiento pasivo o una simple sumisión), cabría recordar que en griego, el “fiat” de María se expresa en la modalidad optativa (ghenòito moi...), modalidad que expresa su deseo activo y gozoso y no simplemente una aceptación pasiva de participar en el plan divino.

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Inicio de la Redención - Inicio de la Corredención

Mensaje  Damián el Lun Jul 16, 2012 12:18 pm

De igual modo que con la encarnación se inicia la redención, el fiat de María es el inicio de la corredención. En palabras de la Beata Teresa de Calcuta, “Por supuesto que María es la Corredentora. Ella le dio a Jesús su cuerpo y el cuerpo de Jesús fue lo que nos salvó.” La Carta a los Hebreos nos dice que somos “santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo” (Hb.10,10). Pero Jesús recibe el precioso instrumento de la redención, su cuerpo sagrado, a través de María. Por este íntimo y sublime don salvífico de cuerpo a Cuerpo, corazón a Corazón, Madre a Hijo, la inmaculada Virgen comienza su rol como Corredentora al darle la naturaleza humana— de la Corredentora al Redentor.

Pero María, al donarle a Jesús un cuerpo también le dona, aunque sin palabras, su corazón, pues al decir “sí” a su plan de redención sin importar el precio, la inmaculada dona también su libre albedrío, su alma y espíritu, y sin condición alguna, lo ofrece de vuelta al Padre Eterno.

Al decir “hágase en mí,” la humilde Virgen de Nazaret se hace, citando a Sn. Ireneo, “causa de salvación para sí misma y para todo el linaje humano”; el “precio de la redención de los cautivos” como proclama Sn. Efrén; ella “concibe la redención para todos” explica Sn. Ambrosio; y en el Himno Akatista del Este correctamente se le saluda, “Salve, redención de las lágrimas de Eva”. Sn. Agustín nos dice que la Virgen fiel concibió a Cristo primero en su corazón y después en su cuerpo; y Sto. Tomás de Aquino explica que la Santísima Virgen al consentir libremente en recibir la Palabra, estaba representando en sentido real el consentimiento de todo el linaje humano de recibir al Hijo Eterno como Redentor.

La respuesta de la inmaculada al Arcángel Gabriel, su “si” expresado con suavidad, se amplifica y resuena a través de la creación y del tiempo. Es el sí de toda la humanidad, pronunciado por lo mejor de la humanidad, pues María no habla sólo en su nombre, sino que en nombre de todos los hombres, da su consentimiento para que se envíe un Redentor según el designio del Padre, pero es tanto el respeto que Dios Trino tiene por el libre albedrío de los hombres, de ordinario frágil y voluble, que prefiere esperar a que el hombre consienta en la misión de la que literalmente pende el destino eterno de cada alma humana. Y sin embargo, sólo María de entre todas las criaturas es la que, por estar libre de pecado, tiene más libertad de escoger y está más dispuesta a ofrecerse al Padre para cumplir y llevar a término su voluntad. Y cuando ella otorga su consentimiento, Él responde generosamente.

Los teólogos se han dado a la tarea de estudiar exhaustivamente cuál es la naturaleza precisa del fiat de María y la relación que tiene con su rol en la redención, y han intentado categorizarla. Algunos han argumentado
que su fiat es sólo una participación “remota,” “indirecta” o “mediata” en el plan de la redención, muy distante a los eventos del calvario, como para considerarla como íntima participación en la redención. Pero aquí debemos recordar la sabiduría de los primeros padres de la Iglesia que enseñaron que con la encarnación se anticipa y comienza la redención.

Si analizamos el asunto desde la perspectiva de Dios, Padre del linaje humano, más luz se ha de encontrar: El Padre envía a un Ángel con una invitación a su Hija Virgen e inmaculada, en donde le solicita su consentimiento de ser la Madre del Redentor, incluyendo todo aquello que misteriosamente forma parte del plan y rol redentor, convirtiéndose así en la más grande cooperadora humana en el plan salvífico de redención,

No se trata de dos invitaciones: una para concebir al Redentor y otra para sufrir con el Redentor — no se envía una a Nazaret y otra al calvario. El Todopoderoso invita a María a la vocación más extraordinaria que se pueda imaginar, la de unirse íntimamente al Redentor y su misión mesiánica, misma que da inicio desde que la inmaculada reviste de carne a la Palabra, pero ciertamente no termina allí. La Virgen sabe que su vocación es una vocación de toda la vida y para la historia, pues ha de convertirse en la Madre del “Siervo Sufriente” de Isaías — misión mesiánica que la Virgen conocía de antemano por haber sido educada en el Templo—. Su vocación es un llamado celeste que la invita, comenzando desde la anunciación y a lo largo de toda su vida, a padecer intensos sufrimientos; a estar siempre “con Jesús” y acompañar con su corazón al Redentor dondequiera que vaya y haga lo que haga. En el sufrimiento, siempre será su constante compañera. Pero sería en el calvario donde la Hija Virgen del Padre Celestial llegaría a comprender plenamente que su consentimiento de compartir el sufrimiento en la gran inmolación de su Hijo Víctima, lo había ofrecido hacía treinta y tres años en Nazaret.

Ahora bien, ¿acaso no es éste el mismo “sí” con que se hace una profesión en las diversas vocaciones cristianas?

El sacerdote, el religioso, la persona que se casa, todos dicen “sí” el día de la ordenación, la profesión o el matrimonio, y aceptan esa vocación de servicio y amor por toda la vida, sin saber lo que le deparará el futuro. ¿O es el sacerdote iluminado desde lo alto el día de su ordenación y sabe de antemano todos y cada uno de los dolores y alegrías que le esperan en su vida de sacerdote? Antes bien, el “sí” que otorga el día de su ordenación es un “si” a todo un plan que tiene el Padre Eterno para su vocación. El Padre no necesita, varios años después, enviar una segunda invitación ante los aspectos más críticos de su sacrificio sacerdotal, pues el primer “si” del sacerdote es un “si” a la vocación de por vida.

Desde la anunciación hasta el calvario y allende a éstos, el “sí” de la Virgen de Nazaret sería su vocación de por vida, un eterno “sí” a sufrir “con Jesús”. A la luz de esto, con el fiat de María no sólo comienza su providencial vocación de ser la Corredentora con Jesús, sino también inicia su propia participación, deseada y aceptada íntimamente, en la totalidad del plan redentor que tenía el Padre con el Hijo, y en la forma en que históricamente se llegara a desarrollar, con los actos y circunstancias, esta misión redentora de Jesús.

María con su “fiat” en la anunciación y con pleno consentimiento de corazón y espíritu, coopera “con Jesús” en el plan redentor del Padre, no habiendo para ella ningún momento en que no participe íntima, moral y directamente en el desarrollo del designio salvífico del Padre, que alcanzará plena madurez y nacimiento místico solamente en el calvario.10 “Principium huius maternitatis est munus Corredemptricis” (“con el oficio de su maternidad comienza el de su corredención”). De ahí que conviene describir el singular rol de María en el plan de redención, iniciado en la anunciación, como “el inicio de la corredención,” y la culminación de su participación “con Jesús” en el calvario, como “el cumplimiento de la corredención.”
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La prueba de José y el corazón de María

Mensaje  Damián el Lun Jul 16, 2012 12:21 pm

Poco tiempo después de su fiat comienza a sufrir intensamente porque a la inmaculada se le comienza a notar su estado de embarazo. Ella es el Tabernáculo del Redentor, pero esto no lo saben ni lo comprenden los demás. Los sufrimientos de la Virgen se multiplican al ver cómo sufre una persona tan cercana, tan justa y tan querida por ella, y esto acrecienta el sacrificio que ofrece su joven corazón: es la gran prueba de José.

“Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.” (Mt.1,18-19). Después de regresar de Ain-Karim en donde la Virgen, icono de caridad, ejercitó durante tres meses la virtud del servicio a su prima Isabel, José advierte las primeras señales exteriores de su embarazo, lo que le produce gran obscuridad por no entender lo que pasa con su joven desposada y el Hijo que lleva en las entrañas.

María advierte esta angustia interior de José y sufre con él, y aunque parezca ilógico, ella misma es la causa de este sufrimiento. Ya desde ésta, la primera de las grandes pruebas, la Madre y el Hijo son objeto de confusión y aparente contradicción humana, por haberse mantenido unidos en su fiat al plan redentor del Padre celestial. La Madre, “con Jesús en el vientre,” sufre en silencio y lo ofrece intensamente; en tanto que el corazón de su justo y casto esposo participa de antemano la pasión, producto de los misteriosos designios de Dios para salvar a los hombres. Es una prueba de fe para José con la que se medirá su amor. María, la Mujer que sufre en silencio, no se defiende; en medio del dolor que causa el silencio y el juicio equivocado, ella espera que el Padre celestial defienda sus designios de salvación y también a su hija virgen.

Y no se equivoca, pues el Padre sale en su defensa: “Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: <<José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.>>...Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús” (Mt.1,20-21,23-24).

Todos aquellos que se encuentren cerca del Redentor tendrán su parte en el sufrimiento, y el custodio del Redentor comienza a experimentarlo. Más su excepcional participación (aunque externa) en la encarnación redentora y su desarrollo durante los años ocultos de Jesús de Nazaret será muy fecunda, haciendo de José el Guardián de todos los redimidos, el Patriarca de los patriarcas, el Padre espiritual de Jesús y de todos nosotros.
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Lc. 2,22-38 — Simeón profetiza a la Corredentora

Mensaje  Damián el Lun Jul 16, 2012 12:24 pm

Poco tiempo después, el poder del Espíritu de la Verdad confirmaría el rol de la Corredentora mediante una
profecía.

Aún cuando la Virgen Madre no estaba realmente sujeta bajo ninguna ley para la expiación de los pecados, obedientemente se sujetó a la Ley mosaica acudiendo al Templo para cumplir con los rituales de purificación; allí ofreció su “pobre sacrificio”: un pichón tierno para el holocausto y otro por los pecados. Pero allí también ofrecería a su hijo varón al Señor, su Dios.

Es realmente paradójico que la Madre y el Hijo, que en el calvario se ofrecerían como “oblación por los pecados” de la humanidad, entraran humildemente en el Templo a ofrecer un sacrificio por el Hijo que era el sacrificio mismo de la redención. En realidad la Madre ofrecía al Cordero, “el sacrificio perfecto,” el Cordero Pascual que el Padre Eterno aceptará cuando llegue “su hora”; el Cordero Víctima y Supremo Sacerdote.

Al parecer Simeón no era sacerdote sino más bien “anawim,” un hombre pobre bendecido por Dios, fiel a Yahveh y su Alianza. Simeón era un anciano de oración y expectación, un simple miembro de la feligresía, una voz humilde dentro de la vox populi, que esperaba al Mesías para poder emprender el camino a la casa eterna en paz.

El Templo era, ante todo, un lugar de sacrificio, y los eventos que se desarrollaron durante la presentación en realidad fueron la misteriosa prefiguración del calvario en donde también estarían las mismas dos figuras públicas: Jesús y María. María, al hacer el ofrecimiento del Niño obedeciendo fielmente los designios salvíficos de Dios — en el Templo y en el Gólgota — participó históricamente de la liberación de los hombres. Es ella quien ofrece el Niño al Padre Eterno junto con el ofrecimiento de sí misma por el común propósito de la redención.

Simeón reconoció al Niño y supo que era la “salvación” (Lc.2,30) preparada ante todos los pueblos, “luz que ilumina a los gentiles, y gloria del pueblo Israel” (v.32). Y entonces el santo Simeón volvió la mirada hacia la Madre de la salvación y por su relación maternal con este signo de contradicción, también le predijo “con Jesús,” que su misión y vida estarían llenas de sufrimiento: “Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: <<Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción — ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! —a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones>> (Lc.2,34-35).

Si la Señal es rechazada, entonces la Madre de la Señal también será rechazada. ¿Qué madre no sufre con su hijo cuando éste es rechazado o contradecido? Si su hijo era la predicha señal de contradicción (ante la que todos los corazones serían “revelados” a favor o en contra del verdadero Redentor), entonces en el Templo María no experimentó un dolor pasajero, sino toda una vida de dolor por haber sido la Madre íntimamente unida a la Señal, la madre que sufrió “con la Salvación.” El Padre de la humanidad no pudo haber querido mayor sacrificio que aquel de la Madre y su Hijo que culminaría en el calvario. Y sin embargo, el sacrificio comenzaría mucho antes; realmente los sufrimientos de la Madre anteceden a los sufrimientos del Hijo.

Desde ese momento de la presentación y por un período de más de treinta años, el corazón inmaculado ponderó con tristeza y dolor, una y otra vez y a diferentes niveles de conciencia, la profecía de Simeón, y ya desde aquel momento su corazón había sido traspasado anticipadamente al pensar en los sufrimientos que le esperaban a su inocente Hijo. Finalmente su corazón quedaría también atravesado con el de su Hijo, al que estaba unido indisolublemente. “Mirarán al que traspasaron” (Jn.19,37), y el corazón traspasado de María “sufrió con” el Corazón traspasado de Jesús, del que brotó sangre y agua para la redención.
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El Cumplimiento de la Corredentora

Mensaje  Damián el Mar Jul 17, 2012 11:16 am

El calvario fue la cumbre donde la historia humana culminó el drama de la salvación de Dios por el hombre. Cada experiencia y expresión humanas, cada acto, cada pensamiento, cada ejercicio del libre albedrío encuentra su significado y cumplimiento sólo a través de la cruz.

El calvario es el lugar en donde la Madre Corredentora ejercita plenamente su función, pero a un nivel de experiencia humana que trasciende la dignidad y eficacia de cualquier otra vocación humana. La Madre, por haber participado del acto mismo de la redención en el calvario, le dio a su vez un significado cristiano, un propósito y un valor a cualquier acto humano a través de la historia. Y finalmente todos los actos han de ser juzgados mediante la dimensión objetiva de la salvación, según el amor y la verdad.

Jn. 19,25-27: “Mujer, ahí tienes a tu hijo! ...Ahí tienes a tu madre.”

La profecía de Simeón se cumplió por la dolorosa espada de sufrimiento y que ningún otro corazón humano habría sido capaz de soportar y luego vivir. Sólo al Corazón Inmaculado el Padre Eterno le concedió todas las gracias necesarias para soportar la inmolación de su Hijo como Víctima por el nacimiento espiritual de los demás hijos e hijas. “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre...Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo.” Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.” Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. (Jn.19,25-27).

Jesús, María y el árbol de la cruz. La respuesta del Padre celestial en la primer caída del hombre y la incipiente victoria de Satanás (Gen.3,1-6), es del orden enteramente sobrenatural. En el Edén, el pecado original del hombre se comete por el Primer Adán y la intercesión de la Primera Eva ante el árbol del fruto prohibido. En el calvario, este pecado original fue revertido y redimido por Jesús, el nuevo Adán y la intercesión de María, la nueva Eva, ante el árbol de la cruz. En el calvario, la profecía de Génesis 3:15 se ve cumplida sobrenaturalmente con la “Mujer” y su “simiente de victoria” aplastándole la cabeza a Satanás y su simiente
de pecado.

Por ello la Liturgia de la Iglesia entona a Dios Padre las alabanzas de la nueva Eva en la misión de la redención: En tu omnisciencia planeaste la redención del linaje humano y decretaste que la nueva Eva debía estar al pie de la cruz del nuevo Adán: así como por el poder del Espíritu Santo se convirtió en su madre, también por un nuevo don de tu amor, ella debía participar en su pasión, y aquella que había dado a luz sin los dolores del parto, debía soportar los más grandes dolores al engendrar a una nueva vida a la familia de tu Iglesia.

“Mujer, ahí tienes a tu hijo!” (Jn.19,26). Mujer del Génesis, Mujer de Caná, y ahora, casi a punto de que tu corazón maternal sea crucificado, tu, la Mujer del calvario, ahí tienes a tu hijo. Y ahí tienes también tu oficio universal de Madre Espiritual de todos los que han sido redimidos aquí en el calvario, representados por tu “nuevo hijo,” el discípulo amado. Porque tú, María Corredentora, has sufrido “con Jesús” para rescatarlos, y por ello los alimentarás y protegerás espiritualmente con Jesús, el Redentor de todos los pueblos, como la nueva Madre de todos los pueblos.

Juan Pablo II señala elocuentemente la participación de la Madre en el “amor redentor” de su Hijo y la universal fecundidad espiritual que tuvo para la humanidad: La Madre de Cristo, parte central de este misterio — misterio que abarca a cada individuo y a toda la humanidad — se nos otorga como madre a cada individuo y a toda la humanidad. El hombre al pie de la cruz es Juan, “el discípulo amado.” Pero no está solo. Siguiendo la tradición, el Concilio no duda en llamar a María “Madre de Cristo y madre de la humanidad”: siendo “descendiente de Adán, se hace una con el resto de los seres humanos...Sin duda es ‘manifiestamente madre de todos los miembros de Cristo...ya que por amor cooperó para pudieran nacer los fieles en la Iglesia.’”

Y así, esta “nueva maternidad de María” que se generó por la fe, es fruto del amor “renovado” que maduró definitivamente cuando estuvo al pie de la cruz participando del amor redentor de su Hijo.

¿Pero cuál fue realmente el precio que pagó María Corredentora con su sufrimiento para poder participar “con Jesús” en la redención del género humano y que daría como resultado convertirse en Madre espiritual de
todos los pueblos?

Ningún ser humano, con todo su entendimiento y corazón podrá jamás llegar a comprender plenamente lo profundo y pasmoso que fue este sufrimiento. Ya varios pontífices y poetas, músicos y artistas han intentado, en varias y formas creativas, transmitir el dolor de la Madre; desde el Stabat Mater hasta la Pieta. Pero todos estos esfuerzos humanos han fallado de alguna manera y sólo ha quedado a los humildes reconocer sin tardanza su inhabilidad para comprender cabalmente el tipo de sufrimiento que Nuestra Señora de los Dolores experimentó, “con Jesús,” en la readquisición del género humano.

La Madre se mantuvo erguida al pie de la cruz de Jesús, escuchando cómo los espectadores entonaban una letanía de blasfemias, algunas de ellas recitadas por los que han sido entrenados en las cosas de Dios pero que igualmente lo condenaban mediante exégesis racionalistas de las leyes del Padre. Algunas otras blasfemias eran vociferadas por la gente común que en su ignorancia, sólo iban tras las huellas de sus extraviados pastores. Sin embargo, los que más despreciaban a su Hijo eran aquellos que condenaban su propia miseria. Y la Madre escuchó cada uno de los insultos, recibiendo asimismo y por ser la Madre del condenado, su propia tajada de imprecaciones, de la misma manera en que hoy, cuando se quiere causar daño a alguien, se dirige a la persona de la madre. Estas blasfemias forman parte del testimonio, aunque involuntario, de la misma misión que compartían Jesús y la Corredentora.

Jesús se desangraba en la cruz, pero su Madre no podía evitarlo y sanar sus heridas. Crucificado en la cruz, Jesús no encontraba lugar dónde descansar su cabeza por la corona de espinas, pero su Madre tampoco podía acomodar su cabeza. En la cruz, Jesús dijo “tengo sed” (Jn.19,28), y su Madre no pudo saciar su sed. Finalmente, fue en la cruz donde Jesús confesó en franca kénosis humana, “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” (Mt.27,46; Mc.15,34), pero la Madre no pudo consolar a su Hijo.

La Madre permaneció unida al Corazón de su Hijo cuando, desde el nuevo árbol de la cruz, Jesús desveló el principal motivo por el que hemos sido sanados: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc.23,34). Entonces la Madre también perdonó y uniéndose a esta plegaria, pidió perdón al Padre, propósito central de la redención y la corredención. Cuando María escuchó que su Hijo aseguraba al buen ladrón: “Yo te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso” (Lc.23,43), encontró una gota de consuelo en medio de un océano de desolación (y la confirmación de la misión redentora de ambos).

Finalmente y con sentimientos contradictorios de amargura y dulzura en su corazón, la Madre escuchó las palabras del Hijo que se iba, que moría, al que arrebataban de su lado, al que no volvería a ver, pero la misión de redención que a los dos les había llevado la vida, había sido rotundamente exitosa por haber rescatado a la humanidad: “Todo está cumplido” (Jn.19,30). No sólo había llegado a su fin, sino que estaba cumplido.

Juan Pablo II describe la intensidad del sufrimiento de la Madre inmaculada en este momento como algo
“inimaginable”: Los muchos e intensos sufrimientos estuvieron tan interconectados y se amasaron en ella de forma tal, que no sólo fueron una prueba de su fe inquebrantable, sino también una contribución a la redención de todos...Los sufrimientos de María, además de los de Jesús en el calvario fueron tan intensos, que difícilmente se puede llegar a imaginar desde el punto de vista humano, pero de todo ello surgió una misteriosa y sobrenatural fecundidad para la redención del mundo. El haber ascendido y permanecido con Él al pie de la cruz, junto al discípulo amado, fue un tipo de participación especial en la muerte redentora de su Hijo.

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Apocalipsis 12: La Mujer Vestida “de Sol” y el Dragón

Mensaje  Damián el Mar Jul 17, 2012 11:23 am

La última revelación bíblica de la Corredentora la encontramos con el lenguaje místico del Apocalipsis.

La visión de la “mujer vestida de sol” del Apocalipsis 12,1 se introduce por la visión del Arca de la Alianza dentro del Templo (Ap.11,19): “Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario...Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap.12,1)

María es la Nueva Arca que lleva dentro la Nueva Alianza entre Dios y los hombres, Jesús el Redentor. Es sumamente significativo que la imagen mariana de la Nueva Arca anuncie gloriosamente la última y gran revelación de la Mujer de las Escrituras: ella es la Mujer que porta el esplendor solar y celestial, la Mujer vestida “del Sol” rodeada de una luz brillante y de Jesús y “con Jesús,” el verdadero Hijo y Luz del mundo.

Los padres de la Iglesia y posteriormente los escritores escolásticos, enseñaron que la Mujer del capítulo 12 del Apocalipsis representa igualmente a María y la Iglesia de varias maneras; pero en primera instancia, la Mujer del Apocalipsis 12 revela a María porque la inmaculada Virgen de Nazaret “dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro” (Ap.12,5). Jesús es ese Hijo que ha de regir y sólo María es su natural y verdadera Madre.

La Mujer, en los extraordinarios textos paralelos del Génesis 3,15 y Apocalipsis 12, puesta en enemistad con la serpiente únicamente puede ser la inmaculada, enemistad que lleva a, y culmina con, la batalla cósmica por las almas que relata el Apocalipsis 12,13-17: “Cuando el Dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la Mujer que había dado a luz al Hijo varón...Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos.” La batalla espiritual de la criatura más extraordinaria de Dios y su más terrible criatura son, figurativamente hablando, los “sujetalibros” de la Sagrada Escritura que narra una batalla por las almas que se extiende no sólo a todo lo ancho de la palabra escrita de Dios, sino a lo largo de toda la historia humana, incluyendo el momento en el que vivimos.

La Corredentora “con Jesús,” combate contra el Dragón que persigue al resto de sus hijos que son la humanidad redimida. Con su simiente de pecado en todas sus formas —incluso las contemporáneas manifestaciones de aborto, comunismo, pornografía, francmasonería, materialismo, secularismo, clonación, guerra nuclear y por el estilo— el Dragón busca tentar a sus hijos y alejarlos para siempre de la Mujer y su Simiente victoriosa.

La Mujer del Apocalipsis 12 es, simultánea y complementariamente, la “Mujer de la gloria” y la “Mujer del sufrimiento.”8 Es la mujer de gloria en cuanto a que es la mujer vestida de sol y coronada por doce estrellas (v.1) que da a luz al hijo varón que regirá a las naciones (v. 5). Es la mujer del sufrimiento en cuanto a que es la mujer encinta y “grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz” (v.2) y combate contra el Dragón por salvar “a sus demás hijos” (v.17).

Ambas, la Mujer de gloria y la Mujer del sufrimiento, son en primera instancia una revelación de María Corredentora. La Virgen María es la Mujer de gloria vestida con la plenitud de gracias que vienen del Hijo; coronada con doce estrella como Reina de los Apóstoles y de toda la creación, y quien por sí sola da a luz a Jesús, el hijo varón, Rey de todas las naciones. También es la Mujer del sufrimiento que en el calvario “grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz” por dar a luz místicamente a todos los hombres a la manera de “hijos” espirituales (Jn.19,25-27). Al ser glorificada en el cielo, no se le está simplemente rindiendo honor decorativo en reconocimiento de su rol humano como Madre del Salvador, sino el fruto de haber participado con su vida en la misión salvífica de su Hijo, por haber participado en sus sufrimientos, porque la gloria y el sufrimiento están inexorablemente unidos en la misión redentora (Jn.13,3).

Al día de hoy, María continúa luchando contra el Dragón por las almas y esta batalla mística le ocasiona sufrimiento y lágrimas,9 porque en nuestros tiempos muchos hijos suyos se pierden. Ella es la Mujer del Apocalipsis que “grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz,” y la Mujer del calvario llamada a “contemplar a su hijo.” Ambos pasajes son revelaciones paralelas de la misma Madre Corredentora que continúa sufriendo intensamente para poder dar a luz discípulos en Cristo Jesús.

Cuando examinamos a la luz de las Escrituras la participación de la Madre en el cumplimiento de la redención que realizó Jesucristo, la Palabra de Dios nos lleva a una simple y muy obvia conclusión: la Mujer y Madre “con Jesús,” desde la anunciación hasta el calvario, participa de manera singular en la obra de la redención por la que se obtiene la salvación humana y al precio del más grande sufrimiento humano que se pueda imaginar.

La Madre inmaculada participa, como no lo hace ninguna otra criatura, de la “redención cumplida” en su rol de Corredentora, convirtiéndose de esta forma en Mediadora de todas las gracias en el orden de la “redención obtenida.” Por haber adquirido la gracia ella puede distribuir la gracia — desde la “Madre hacia nosotros en
el orden de la gracia” (Lumen Gentium, 61)

La Escritura, en el Antiguo y Nuevo Testamentos, se nos revela que un hombre y una mujer “vendieron” a la humanidad a Satanás por medio del pecado; y que un Hombre y una Mujer “volvieron a comprar” a la humanidad mediante el sufrimiento. El precio que pagó la Mujer “con Jesús” por nuestro eterno rescate, quizás se pueda transmitir en la poesía de los clásicos versos del Stabat Mater:

Estaba la Madre dolorosa
junto a la Cruz llorando,
mientras su Hijo pendía.
Su alma llorosa,
triste y dolorida,
traspasada por una espada.
¡Oh cuán triste y afligida
estuvo aquella bendita
Madre del Unigénito!
Estaba triste y dolorosa,
como madre piadosa,
al ver las penas de su Divino Hijo.
¿Qué hombre no lloraría,
si viese a la Madre de Cristo
en tan atroz suplicio?
¿Quién no se contristaría,
al contemplar a la Madre de Cristo
dolerse con su Hijo?
Por los pecados de su pueblo,
vio a Jesús en los tormentos,
y sometido a los azotes.
Vio a su dulce Hijo
morir abandonado,
cuando entregó su espíritu.
¡Oh, Madre, fuente de amor!
Haz que sienta tu dolor
para que contigo llore.
Haz que arda mi corazón
en amor de Cristo mi Dios,
para que así le agrade.
¡Oh santa Madre! Haz esto:
graba las llagas del Crucificado
en mi corazón hondamente.
De tu Hijo lleno de heridas,
que se dignó padecer tanto por mi,
reparte conmigo las penas.
Haz que yo contigo piadosamente llore,
y que me conduela del Crucificado,
mientras yo viva.
Haz que esté contigo junto a la Cruz
pues deseo asociarme en el llanto.
¡Oh Virgen la más ilustre de todas las vírgenes!
No seas ya dura para mí,
haz que contigo llore.
haz que lleve la muerte de Cristo.
Hazme socio de su Pasión y que venere sus llagas.
Haz que, herido con sus heridas,
sea yo embriagado con la Cruz y con la Sangre de tu Hijo.
Para que no me queme y arda en las llamas,
por ti, oh Virgen, sea defendido
en el día del juicio.
¡Oh Cristo! Cuando hubiere de salir de aquí, dame, por tu Madre,
que llegue a la palma de la victoria.
Cuando el cuerpo feneciere,
haz que al alma se le de la gloria del Paraíso.
Amén. Aleluya.


Última edición por Damián el Jue Jul 19, 2012 12:27 pm, editado 1 vez
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La Segunda Eva

Mensaje  Damián el Miér Jul 18, 2012 11:39 am

Sin duda el Espíritu de la Verdad ha de haber revestido de luz especial a los primeros pastores y teólogos cristianos que vivieron tan de cerca el punto culminante de la revelación cristiana, cuando la Palabra se hizo carne y murió por nosotros, para poder predicar y enseñar el Evangelio a la Iglesia primitiva. A pesar de que ninguno de ellos podría haber reclamado para sí mismo un “oficio” de autoridad o inspiración, la gran mayoría de los primeros autores (y en muchos casos mártires), confirmados y guiados por el Espíritu en su oficio pontificio, se les honra en la Iglesia propiamente con los títulos de “padres apostólicos” y “padres de la Iglesia.”

Cuando los primeros padres contemplaron la encarnación redentora, naturalmente reconocieron y honraron el rol de la Virgen y Madre de Jesús en la economía de salvación, porque negarse a reconocer el rol que en los planes del Padre celestial debía fungir la Virgen de Nazaret con el Redentor, sería como rechazar lo obvio — sería como inferir que el Hijo careció de una madre, que el ángel enviado por el Padre no vino a pedir su libre onsentimiento y que ella no cooperó moral y físicamente para dar al Salvador el instrumento de salvación, su naturaleza humana.

También los primeros padres percibieron el acto salvífico de la redención en términos de las enseñanzas de Sn. Pablo: “...dándonos a conocer el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza” (Ef.1,9-10). La revelación de Cristo como “nueva cabeza” de la creación, quien compendia en sí a todo el linaje humano y el resto de la creación, es el concepto patrístico de la recapitulación.

El modelo patrístico de “recapitulatio” (“volver a empezar,” “compendiar”), basado en la doctrina paulina de Cristo como “nueva cabeza” (“re-caput”), se convirtió en el principal modelo en que se basaron los padres para hablar de la redención. El Redentor compendió en su persona a todo el linaje humano santificándolo y uniéndolo con Dios. Todo lo que fue creado desde el principio “vuelve a comenzar, se unifica” en Cristo y se vuelve a crear pero ya libre del pecado, en una especie de “segunda creación.” Mediante esta nueva creación, Dios retomó su plan inicial de creación que había sido destruido por el pecado de Adán, restaurándolo y uniéndolo a la persona del Redentor. Puesto que el linaje humano se perdió por el pecado de Adán, primer padre del género humano, era necesario que Jesucristo se hiciera hombre, un segundo o “nuevo Adán,” para restaurar o rescatar a los hombres (cf. Rm.5,12-20). “’Fue hecho el primer hombre Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida” (1Co.15,45).

Pero si Jesús es el “segundo” o “nuevo Adán,” enviado por el Padre celestial para revertir el “error” de Adán, ¿qué hay de una segunda o nueva “Eva” en este proceso de salvación?

Junto con el principio de recapitulación, se encuentra la teoría integral y complementaria de la recirculación enseñada por los padres, en la que al proceso de salvación logrado por Cristo, el nuevo Adán, le deberá seguir otro pero esencialmente opuesto, marcando cada paso el proceso de la caída de Adán. Por lo tanto, si el Padre Eterno planeó restaurar a la familia humana usando los mismos medios pero contrarios, que llevaron a la caída de Adán (manifestando así el absoluto poder y gloria de Dios), entonces ¿qué hay de la parte del proceso realizado por Eva en la pérdida de la gracia? ¿Acaso en el concepto cristiano de la recirculación, el plan divino antitético no necesita una representante para la primera Eva, instrumento clave en el pecado de Adán?

Los primeros padres reconocieron de inmediato a la nueva “Madre de los Vivientes,” aquella que invertiría el curso de los hechos tomando el lugar de la primera “Madre de los vivientes” (Gen.3,20). Dentro de esta teología salvífica de recapitulación y recirculación, ven claramente el papel crucial de María en el plan de salvación, y sus testimonios al respecto son el fruto de la contemplación, el sacrificio e incluso el martirio. A su parecer, ella es sin lugar a dudas la “Segunda Eva.”

Sn. Justino Mártir († hacia 165), fue el primer defensor cristiano de la función central que desempeñó la Virgen María en la reversión divina que conduce a la salvación. Eva concibió la palabra de la serpiente dando a luz a la “desobediencia y la muerte;” el fiat de María dio a luz al que es Santo, que al vencer la simiente mortal de la serpiente, abrió las puertas a la vida:

Sabemos que Él, en el principio y antes que las demás criaturas, procedió del Padre por su solo poder y voluntad....y que por medio de la Virgen se hizo hombre para que la desobediencia que comenzó con la serpiente, se deshiciera de la misma manera en que surgió. Pues Eva, virgen e inmaculada, concibió la palabra de la serpiente y engendró la desobediencia y la muerte. Pero la Virgen María, al anunciarle el Ángel Gabriel la buena nueva de que el Espíritu del Señor vendría sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra, engendrando y dando a luz al Santo e Hijo de Dios, ella respondió: “Hágase en mí según tu palabra.” Por María nació Aquél...por el que Dios venció a la serpiente, los ángeles y a todo hombre parecido a la serpiente.

El sabio Obispo de Lyons, Sn. Ireneo († hacia 162), está considerado como el primer y verdadero mariólogo. Sn. Ireneo es el primero en enseñar una soteriología completa de recirculación entre la desobediencia de la virgen Eva, “causa de la muerte” para ella y para todo el linaje humano, y la obediencia de la virgen María, causa instrumental de salvación para ella y para todos los hombres:

Así como aquella...fue desobediente haciéndose causa de la muerte para sí misma y para todo el linaje humano, así también María....fue por su obediencia causa de la salvación para sí misma y para todo el linaje humano...El nudo de la desobediencia de Eva se desató con la obediencia de María. Pues lo que la virgen Eva ató por su incredulidad, la virgen María lo desató por su fe.

La frase “causa de salvación para ella y para todo el linaje humano,” es realmente una extraordinaria profesión de corredención mariana escrita por el “padre del cristianismo ortodoxo” en el siglo segundo de la Iglesia. Es nada más y nada menos que el sorprendente testimonio de la Iglesia primitiva del singular rol de la Madre con Jesús en la salvación — una proclamación de que la Virgen Madre fue instrumento directo para la causa de la redención que comenzó, pero no terminó, con la encarnación redentora.

En el tributo que hace Sn. Ireneo no propone a María como causa esencial o “formal” de la salvación, sino como causa instrumental sin paralelo alguno con Eva, instrumento de causalidad en la pérdida formal de Adán de la gracia para la humanidad. Así como Eva está completamente subordinada a Adán en la “muerte” del género humano, también el rol instrumental de María está completamente subordinado y es dependiente de Jesucristo, el nuevo Adán, puesto que sólo Cristo es la causa última y esencial de la salvación y recapitulación como “cabeza,” la “Palabra que viene de lo alto y el verdadero hombre” que “nos redimió con su propia sangre.”

La pureza doctrinal de Sn. Ireneo es una profesión irrefutable de que la Virgen María, con su obediente “sí,” fue causa de salvación para toda la raza humana que tuvo como primer efecto su propia salvación. Pero Ireneo va más allá al identificar a la Virgen María como la “abogada” o intercesora de la virgen desobediente, por quien la desobediencia de Eva es destruida:

Por la desobediencia de una virgen el hombre cayó y después de su caída fue presa de la muerte. De la misma forma pero por una Virgen que fue obediente a la palabra de Dios, el hombre se regeneró...Era apropiado y necesario que Adán fuera restaurado en Cristo, para que aquello que era mortal fuera absorbido e inmerso en la inmortalidad, y que Eva fuera restaurada en María, para que una Virgen fuese la abogada de una virgen, y que la desobediencia de la primera fuera borrada y destruida por la obediencia de la otra.

Otro obispo y apologista cristiano de los primeros siglos, Sn. Melito de Sardis (hacia 170), se refiere en su Homilía Pascual al rol de la Virgen Madre en el sacrificio salvífico del Hijo:

Él es el cordero degollado
Que nace de María, la cordera perfecta,
que sacado de su rebaño
lo llevan para inmolarlo...
Pero con su resurrección de entre los muertos,
resucitó al hombre de la tumba profunda.

Sn. Melito utiliza la metáfora del “cordero,” que en el Antiguo Testamento representan tanto el sacrificio como la pureza virginal. El Obispo de Sardis, aplicando la misma metáfora a la Madre y al Hijo, se refiere claramente a la participación de la Madre en el sacrificio salvífico de Jesús, el cordero de Dios degollado.

Tertuliano († hacia 240-250) continúa con este modelo de recapitulación Eva-María, al describir el rol de la Virgen por quien hemos “recobrado el camino de la salvación”:

Fue por un acto opuesto que Dios recobró la imagen y semejanza que el demonio había arrebatado. Pues si por Eva, virgen aún, avanzó la palabra causante de la muerte, de igual modo debía introducirse la Palabra de Dios creadora de vida, en una Virgen; que por el mismo sexo por el que había venido nuestra ruina, se recuperara también el camino de salvación. Eva creyó en la serpiente; María creyó en Gabriel. La falta cometida por la primera al no creer, la borró la segunda creyendo.

Sn. Efrén († 373), Diácono sirio y Doctor de la Iglesia, a quien se le conoce con justicia como el “Arpa del Espíritu Santo,” entonó con cánticos que María había “pagado la deuda” de la humanidad: “Eva emitió una cuenta por cobrar y la Virgen pagó la deuda.” Sn. Efrén enseña que hemos sido “reconciliados” con Dios mediante la Madre de Dios: “Mi Santísima Señora, Madre de Dios y llena de gracia,...Esposa de Dios por quien nos reconciliamos con Él.” Sn. Efrén proclama que Dios escogió a la Santísima Virgen para ser “instrumento de nuestra salvación,” y la llama “precio de redención de los cautivos.” Probablemente sea el primero en invocar a María con el título específico de “nueva Eva.”

Sn. Epifanio, Obispo de Salamis († 403), prolífico autor mariano y defensor de Nicea resume en forma sucinta el rol de María como instrumento salvífico quien provee la “causa de Vida” al mundo: “Ya que por Eva hubo causa de muerte para el linaje humano y la muerte entró en el mundo, María proporcionó la Causa de la vida por quien
hemos obtenido la vida.”

En Occidente, durante el siglo cuarto, “Siglo de Oro” de la literatura patrística, Sn. Ambrosio, Doctor y Padre espiritual de Sn. Agustín, enseña que la Virgen Madre de Cristo “dio a luz la redención para el linaje humano”; que “llevó en su vientre la remisión de los pecados”; y “concibió la redención para todos.”

Sn. Ambrosio demuestra además que María fue la primera en recibir la “salvación” en preparación a su participación en la salvación de todos: “No nos sorprendamos de que el Salvador del mundo haya comenzado su obra en María, por quien la salvación de todos estaba siendo preparada, para que ella fuera la primera en recibir los frutos de su propio Hijo.”

Sn. Agustín († 430), monumental Padre y Doctor de la Iglesia, extiende la enseñanza de Sn. Ambrosio al argumentar que la Virgen Madre dio de su propia carne “la hostia” para el sacrificio que regeneraría a toda la humanidad y a nombre de toda la humanidad.22 Agustín también fundamenta su enseñanza sobre María, basándose en la estructura de la Segunda Eva, y adecuadamente representa al sexo femenino en el triunfo redentor sobre Satanás: “Es un gran sacramento que de la misma manera que por una mujer nos vino la muerte, también por una mujer nos nazca la vida; y así el diablo, una vez conquistado, sea atormentado en ambos sexos, femenino y masculino, porque se había gloriado de la caída de ambos. No habría recibido un castigo adecuado de haber sido liberados por ambos sexos, pero no fuimos liberados por ambos.”

Sn. Agustín señala además que, “Al hombre que sería engañado, una mujer le ofrece el veneno. Al hombre que será restaurado, una mujer le ofrece la salvación. Una mujer, al engendrar a Cristo, compensa por el pecado del hombre engañado por una mujer.”24 Juan Pablo II dice de Sn. Agustín que fue el primero en referirse a la Santísima Virgen como la “cooperadora” en la redención.

La “boca de oro” de Sn. Juan Crisóstomo († hacia 407), predica que “una virgen nos sacó del Paraíso; por una Virgen encontramos la vida eterna. Por una virgen fuimos condenados; por una Virgen fuimos coronados.”

El distinguido predicador de Ravena, Sn. Pedro Crisólogo († 450), nos dice que “todos los hombres merecieron la vida por una mujer.” Y Próculo de Constantinopla († 446) se dirige a la Madre del Redentor con éstas palabras: “tú, que sola cargas con la redención del mundo.”

Y aún son varios los padres y escritores eclesiásticos que reconocen la doctrina de la participación única de María como segunda Eva en la obra salvífica, tales como Gregorio Taumaturgo29 y Sn. Cirilo de Jerusalén. Teódoto de Ancira la llama la “Madre de la economía,” y Severiano de Gabala se refiere a ella como la “Madre de la Salvación.”

En las ancestrales liturgias cristianas copta, etíope y mozárabe (varias de las cuales se siguen usando hoy en día), rezan la doctrina de María en la salvación, manifestando la máxima de la liturgia clásica, “lex orandi, lex redendi” (“así como oremos, creeremos”). La liturgia armenia, que data del siglo quinto, invoca a la Madre como la “salvadora” (“la que salva”) y “libertadora” (“la que libera”).

Hombres de una fe extraordinaria y gran sabiduría fueron estos apóstoles y padres de la Iglesia que vivieron los primeros quinientos años del cristianismo, dando todos ellos un mismo testimonio: que María, la nueva Eva, por su fe y obediencia participó de manera única en la salvación “con Jesús.” Con bellas y diversas expresiones, los padres proclaman que aún cuando participó voluntariamente de la encarnación redentora que como fin último llevaría al calvario, María siempre fue parte central, instrumental y esencial de los planes de Dios “con Jesús” para revertir el pecado de Adán y Eva.

A los Padres no se les puede juzgar basándose en una moderna comprensión de la redención que enseñaría explícitamente el rol redentor y corredentor de Jesús y María en el calvario bajo las recientes y diversas categorías soteriológicas de sufrimiento, satisfacción, mérito y sacrificio. Pero si retomamos el significado esencial de María Corredentora, la mujer “con Jesús” en la obra de la salvación, sin duda el concepto patrístico de la nueva Eva enseña la doctrina de la corredención mariana en su forma más simplificada. La nueva Eva es la Mujer con Jesús que fue “causa de salvación para sí misma y para el resto del linaje humano.”

Este fiel y antiguo testimonio patrístico de la doctrina de María Corredentora, modelada en torno a la nueva Eva, fue sucintamente capturado por el eclesiástico “Padre de la Escritura,” Sn. Jerónimo († 420): “Muerte por Eva; vida por María.”

Saludos,
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“Santa Redentora, Ruega por Nosotros”

Mensaje  Damián el Jue Jul 19, 2012 12:37 pm

Así como en el nonato no existen cambios de naturaleza desde su gestación hasta su nacimiento sino sólo el transcurrir del tiempo y su crecimiento, igualmente ha sucedido con la doctrina de María Corredentora desde su concepción bíblica hasta su gestación apostólica pasando por el desarrollo patrístico posterior.

Conforme se fue desarrollando la comprensión soteriológica de la redención como “rescate” de la humanidad de la esclavitud de Satanás, también se fue comprendiendo gradualmente y en forma natural y pacífica el rol instrumental de María inmaculada en el proceso de la redención. Los padres y doctores de la Iglesia, partiendo del modelo de la nueva Eva, comenzaron a expandir su prédica y doctrina en cuanto al rol redentor de la Madre “con Jesús” desde la concepción hasta la natividad y eventualmente hacia el calvario.

La segunda mitad del primer milenio comenzó con el testimonio del gran himno akatista del Este (hacia 525), refiriéndose a la Madre de Dios como la “redención”: “Salve, redención de la lágrimas de Eva.”

El poeta y compositor de himnos latino Sn. Fortunato († 600), ensalzó a la Santísima Virgen “nuestro único remedio,” por sus méritos causales en la salvación del mundo, pues dando a luz a Dios “lavará el pecado del
mundo “:

O Virgen admirable, nuestro único remedio,
A quien Dios llenó con la riqueza del mundo,
Mereciste llevar a tu Creador en el vientre
Y dar a luz a Dios, concibiendo en fe.
Por este nuevo nacimiento, lavarás al mundo del pecado.

En el siglo VII se comenzó a hablar por primera vez de que la inmaculada había “redimido” de hecho con el Redentor por haber participado en el “rescate” o “redención” del género humano de la esclavitud de Satanás. Aunque inicialmente durante el período sólo se hizo referencia a la participación de María en la redención en virtud de su cooperación al dar a luz al Redentor, para fines del primer milenio la doctrina se fue desarrollando hasta incluir el sufrimiento personal de María “con Jesús” en el calvario. Durante este siglo y al tiempo que se fue comprendiendo mejor lo que había significado que el Redentor rescatara a la humanidad, se comenzaron a dar testimonios yuxtapuestos de la participación de la Madre en la redención.

La palabra griega de redención es “lutrosis,” que en su significado ancestral denota rescatar o dispensar una deuda. En el significado patrístico es un acto de liberación, exoneración o literalmente redención. Ambos significados, el antiguo como el patrístico griego, se basan en la raíz etimológica “luo” que significa disolver o soltar. Tanto la palabra en latín “redimere” que significa “volver a comprar o adquirir” como la palabra griega “lutrosis” que significa “dispensar una deuda”, se transmitieron por igual y en forma complementaria para referirse en la época patrística a la participación de la Madre en la redención.

Sn. Modesto de Jerusalén († 634), Patriarca de Jerusalén (o “Seudo-Modesto”),4 se refirió a la gloriosa Madre de Dios por quien “hemos sido redimidos” (griego lelutrometha) de la esclavitud de Satanás: “Oh dormición hermosa de la gloriosa Madre de Dios por quien hemos recibido la remisión de nuestros pecados (Ef. I,7) y hemos sido redimidos de la tiranía del demonio.”

Al mismo tiempo, Teodoro Mínimo Monremita (hacia s.VII) exhortó igualmente: “Que todas las criaturas conozcan el gran rescate que ella ofreció a Dios.”

Sn. Andrés de Creta († 740), renombrado orador y Arzobispo, se dirigió a María como la “Madre del Redentor” (tou Lutrotou) diciendo: “en ti, hemos sido redimidos de la corrupción” y añade: “Todos hemos obtenido la
salvación por su medio.”

Sn. Juan Damasceno († hacia 754-787), ilustre contemporáneo de Sn. Andrés, Doctor de la Iglesia y uno de los últimos y más grandes padres griegos, reafirmó el rol de la Santísima Virgen en la readquisición de la humanidad. Damasceno enseñó que la Santísima Virgen es aquella “por la que fuimos redimidos de la maldición,” y que por María “se restauró enteramente la raza de los mortales.”

El teólogo y académico Alcuino del siglo IX († 804), Abad de Tours e inspirador del Renacimiento carolingio, se expresó así del rol redentor de María: “El mundo entero se regocija de que por ti fue redimido.”

Sn. Tarasio, Patriarca de Constantinopla y contemporáneo de Alcuino en el Este († 806), llamó a la Santísima Madre la “paga” por la deuda de Eva, lo que refleja un crecimiento en la comprensión del precio soteriológico de la redención: “Tu [María], eres la paga por la deuda de Eva.” Sn. Teodoro de Estudión († 826) el gran reformador monástico, llama a María el “rescate del mundo.”

Con la contribución del monje bizantino, Juan el Geómetro a fines del siglo X, brilló una nueva luz al comprender la inseparabilidad de la Madre con el Hijo en el cumplimiento de la redención que culminó en el calvario. Juan Pablo II reconoció este sensacional e histórico avance de la doctrina de María Corredentora en el libro Vida de María de Juan el Geómetro, cuando el Santo Padre confirmó:

Esta doctrina [de la colaboración de María en la redención], fue sistemáticamente elaborada por primera vez a finales del siglo X en el libro Vida de María escrito por el monje bizantino Juan el Geómetro. En esta obra, María está unida a Cristo en toda la obra de la redención, compartiendo, según designio divino, la Cruz y el sufrimiento por nuestra salvación. Ella permaneció unida a su Hijo “en cada acto, actitud y deseo.”

Juan el Geómetro identificó a Nuestra Señora como la “redención (lutrosis) del cautiverio,” y describió su unión con Jesús en toda la obra de salvación:

La Virgen, después de haber dado a luz a su Hijo, jamás se separó de sus actividades, disposiciones y voluntad...Cuando él se iba lejos, ella iba con él, cuando obraba milagros, era como si ella los obrara con él y compartía su gloria y se regocijaba con él. Cuando fue traicionado, arrestado, juzgado, cuando sufrió; ella, no sólo se mantuvo a su lado siempre y en todas partes percatándose especialmente de su presencia, sino que además sufrió con él...Terriblemente dividida, hubiese deseado mil veces sufrir ella misma la maldad que vio padecer en su Hijo.

Juan agradeció a Jesús tanto sus sufrimientos como los de su Madre por los que la humanidad obtuvo frutos espirituales: “A los dos les damos las gracias por haber sufrido tan terrible maldad por nosotros y por haber querido que tu Madre también padeciera esa terrible maldad por ti y por nosotros...”

Según el Geómetro, Cristo se dio a sí mismo como rescate por nosotros, y de igual manera y a cada momento ofreció a su madre como rescate por la humanidad, para que Jesús: “muriera por nosotros sólo una vez y que ella en su voluntad muriera mil veces; para que su corazón ardiera por ti y por aquellos por los que el Padre ofrecía a su propio Hijo, sabiendo que sería librado de la muerte.” Más aún, Juan profesó que María sufrió por la Iglesia como “una madre universal.”

Se debe ponderar el hecho de que por más de mil años el Pueblo de Dios ha dado testimonio de la fecundidad espiritual que tuvieron los sufrimientos de la Madre “con Jesús” desde la anunciación hasta el calvario por la redención universal. Al reconocer el sufrimiento sin límites del corazón de la Madre en la muerte del Hijo crucificado, también se reconoció su nuevo y merecido rol como madre espiritual y universal de la Iglesia y de toda la humanidad.

Por lo tanto, es en este siglo X y después de mil años de gestación pacífica, cuando nace propiamente la doctrina de María Corredentora en el calvario.
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El título de “Redentora”

Mensaje  Damián el Jue Jul 19, 2012 12:45 pm

En un salterio francés del siglo X, se encontró incluida en la letanía de los santos una invocación a manera de petición: “Santa Redentora del mundo, ruega por nosotros.” En la belleza que hay en la relación entre “doctrina” y “título” y entre la verdad transmitida por esa misma doctrina y la misma verdad captada en una sola palabra, se encuentra esta petición a la Virgen Madre de Jesús bajo el título de “Redentora,” que refleja el desarrollo de la doctrina de la que Juan el Geómetro dio testimonio.

Los padres siempre vieron a la nueva Eva como la Virgen Madre que activa y voluntariamente participó, con y bajo Jesús, el nuevo Adán, en la restauración de la gracia para la familia humana. A principios de la Edad Media, la redención se fue comprendiendo en la medida en que se enfocaba más hacia su cumplimiento en la crucifixión de Cristo en el calvario, y en esa medida también se iba reconociendo y reverenciando mayormente la participación de la Madre en el calvario. Pero el mismo principio de la participación subordinada presente en el modelo de la nueva Eva, también se presentó en el título y doctrina de la “Redentora” — la Madre participa como criatura totalmente subordinada y dependiente de su divino Hijo el Redentor, con poder suficiente de reconciliar Él solo la tierra con el cielo.

Sin embargo, la petición del siglo X no termina diciendo “Santa Redentora del mundo, ten misericordia de nosotros,” que habría inferido un paralelo erróneo o una relación de competencia con el único divino Redentor, sino más bien dice “Santa Redentora del mundo, ruega por nosotros,” por lo que está solicitando su intercesión al modo de todas las demás peticiones cristianas que buscan la poderosa intercesión de los santos humanos.

Fue una imprudencia de nuestros hermanos y hermanas del medioevo llamar a María la “Redentora?” En sentido estricto, no es mayor imprudencia dirigirse a María como “Redentora,” de lo que la Iglesia lo hace llamándola “Mediadora”.

El título Redentora transmite en su totalidad la doctrina de la corredención mariana, que se va comprendiendo en la medida en que se va profundizando en el rol que ejerció María en el calvario. “Redentora” (como el posterior título de “Corredentora”), se utilizan en un contexto de completa y total subordinación a Jesucristo, divino Redentor y Señor de todo lo creado. El título de “nueva Eva” no era más amenazante para la primacía del “nuevo Adán” en la doctrina de los padres, de lo que podría haber amenazado el título de “Redentora” a la primacía de Cristo el “Redentor” entre los habitantes del medioevo. De la misma forma en que se invoca a la Madre de Jesús como “Mediadora” (Lumen Gentium, 62) y no “comediadora,” entendiendo propiamente su completa subordinación como criatura a Jesús el “único Mediador” (1Tm 2,5),23 asimismo es perfectamente legítimo y teológicamente ortodoxo llamar a María la “Redentora” bajo los mismos términos eclesiásticos de total subordinación al Redentor.

En el período que va de los siglos X al XIV, la doctrina y el título de la corredención mariana lograron importantes avances que iban preparando el camino para un desarrollo mariológico posterior de María “Corredentora.” Las referencias y testimonios honrando a Nuestra Señora como Madre y “Redentora” por haber dado a luz al Redentor, siguieron su curso acompañados de una explicación más profunda de su sufrimiento “con Jesús” en el calvario.

Un autor anónimo del siglo XI escribió: “La Virgen Madre de Dios da a luz como nuestra Redentora”. El gran santo Pedro Damián († 1072), Cardenal y Doctor de la Iglesia, exhortó a la Iglesia a dar gracias a la Madre de Dios, después de Dios mismo, por nuestra redención: “...somos deudores de la Santísima Madre de Dios y ...después de Dios, deberíamos darle gracias por nuestra redención.”

Sn. Anselmo († 1109), probablemente el teólogo escolástico y filósofo más importante de los primeros años, habló de la redención como la victoria lograda por la unión de la Madre con el Hijo: “Lo que digo lo refiero dignamente tanto a la Madre de Dios como a mi Señor de cuya fecundidad yo, un simple esclavo, fui redimido y por cuyo nacimiento he sido liberado de la muerte eterna.”

Sn. Anselmo declara además: “Oh Hijo, eres la salvación de los pecadores, y tú, Oh Madre,” y también: “Gracias a tu mediación tenemos acceso al Hijo que redimió al mundo.”

Eadmer de Cantorbery († 1124), compañero de Sn. Anselmo, fue uno de los primeros en hablar del “mérito” de Nuestra Señora en relación con la redención e invoca a la Santísima Virgen como “Reparadora.” El término Reparadora es básicamente el equivalente al de Redentora, pero pone el énfasis en la restauración o reparación entre Dios y los hombres. El término Reparadora lo usaría el Papa Sn. Pío X unos 900 años después para referirse a la Madre. Eadmer enseña que María “mereció convertirse dignamente en Reparadora del mundo perdido,” y que
“así como Dios es Padre y Señor de todas las cosas porque por su solo poder ha creado todo, de igual forma María Santísima es la Madre y Señora de todas las cosas porque reparó todo por sus méritos.”
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Sn. Bernardo y Arnoldo de Chartres: Cosufrimiento y “Cocrucifixión”

Mensaje  Damián el Jue Jul 19, 2012 12:52 pm

Una de las más extraordinarias contribuciones a la historia de María Corredentora nos viene de la contemplación del gran Sn. Bernardo de Claraval († 1153), sin duda alguna la figura más significativa del siglo XII, y de su discípulo Arnoldo de Chartres († 1160).

Sn. Bernardo, a quien en algunas ocasiones se le ha denominado “el último de los padres de la Iglesia,” fue el primero en enseñar que María había “ofrecido” a Jesús como divina víctima al Padre Celestial por la reconciliación del mundo. Las enseñanzas de Sn. Bernardo se enmarcan en el contexto del ofrecimiento de Jesús por María en la presentación del Templo (aún antes del calvario): “Oh Virgen sagrada, ofrece a tu Hijo; y presenta nuevamente al Señor este Fruto de tu vientre. Ofrece esta Víctima santa y agradable a Dios por nuestra reconciliación. Dios Padre recibirá con gran alegría esta oblación, esta Víctima de infinito valor.”

El Abad de Claraval fue también el primero en referirse a la “compasión” de Nuestra Señora, un término que etimológicamente viene del latín “cum” (con) y “passio” (sufrimiento o recepción [compra de propiedad robada]), por lo tanto se refiere a su “cosufrimiento” o “sufrimiento con” Jesús. Según Bernardo, la Madre Virgen acogió el “precio de la redención;”34 se mantuvo “en el punto de partida de la redención,”35 y “liberó a los prisioneros de guerra de su cautiverio.”

Además, Sn. Bernardo fue el primer teólogo y doctor de la Iglesia en predicar que María hizo “reparación” por la desgracia y ruina que nos trajo Eva: “Corre, Eva, a María; corre, madre a tu hija. La hija responde por la madre, aleja el oprobio de la madre, te ofrece reparación a Ti, Padre, por la madre...Oh mujer a ser venerada singularmente...Reparadora de los padres.”

Arnoldo de Chartres, mariólogo fundamental y renombrado discípulo de Sn. Bernardo, se le puede considerar justificadamente el primer autor que formalmente expuso explícitamente la doctrina de María Corredentora en el calvario. Si bien dos siglos antes Juan el Geómetro se había referido al sufrimiento que había padecido María con Jesús crucificado, Arnoldo especifica que son Jesús y María quienes, juntos, llevan a cabo la redención por haber ofrecido mutuamente el único y mismo sacrificio que ofrecieron al Padre. El Abad francés nos asegura que: “Juntos (Cristo y María) llevaron a cabo la tarea de redimir a los hombres...ambos ofrecieron un único y mismo sacrificio a Dios: ella en la sangre de su corazón, Él en la sangre de su carne...de tal suerte que junto con Cristo, ella obtuvo un efecto común en la salvación del mundo.”

En una sensacional e innovadora teología y terminología, Arnoldo afirmó que María estuvo “cocrucificada” con su Hijo en el calvario, y que la Madre “comurió” con Él. Como respuesta a las objeciones interpuestas primero por Ambrosio, en el sentido de que María no había sufrido la pasión, que no estaba crucificada como Cristo y que no había muerto como Cristo en el calvario, Arnoldo respondió que María experimentó “compasión” o “cosufrimiento” (utilizando el término de su maestro Bernardo) con la pasión de Cristo: “lo que hicieron en la carne de Cristo con clavos y lanza, en su alma esto fue cosufrimiento.” Arnoldo continúa su exposición de que María estuvo de hecho “cocrucificada” de corazón con Jesús crucificado, y que la Madre “comurió” con la muerte de su Hijo. María “comurió con el mismo dolor de una madre o un padre.”

Arnoldo concluyó diciendo que la Madre del Redentor no “operó” la redención en el calvario, sino que “cooperó” en la redención y al nivel más alto posible. Es el amor de la Madre el que coopera de forma singular en el calvario de la forma más favorable a Dios: “[En el calvario] el amor de la Madre cooperó excesivamente, a su manera, para hacernos propicio a Dios.”

No cabe duda que las contribuciones de Bernardo y Arnoldo fueron extraordinarias del todo. El rol de la Madre en la redención es afirmado por Bernardo en términos tales como ofrecimiento, satisfacción y compasión. Su rol en el calvario es proclamado por Arnoldo en términos como cocrucificada, comurió, cooperó. Estos testimonios se pueden igualar, por su comprensión teológica y madurez, a testimonios contemporáneos que sobre María Corredentora han ofrecido los papas en los siglos XX y XXI. El desarrollo histórico de la doctrina y título de la Corredentora, ejemplificado de manera extraordinaria durante este último período patrístico y comienzos del medioevo, dará frutos aún mayores en el futuro cercano, poniendo de manifiesto este título que expresa de la forma más clara la singular colaboración que tuvo la Madre en la redención con y bajo Jesús.

Saludos,
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Re: LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA - "CORREDENTORA"

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